martes, 19 de febrero de 2013


Qué poca cosa los relojes, que sólo marcan las horas

Por Román Podolsky, febrero 2013

Nos alejamos de la acción en la medida en que nos acercamos a la memoria.
Nuestro trabajo consiste entonces en extraer los fragmentos de historias  de su condición de pasado con relación al presente en el que están siendo dichos.

Extraídos de allí, esos fragmentos son el presente que fueron y ya no pasado.
Y al ser presente desdoblado –un poco en presente, un poco en pasado- estos fragmentos recobran una vitalidad que perfora la línea del tiempo útil, narrativo, de representación.

Esto lo pienso en relación al trabajo que hago, luego de leer el maravilloso libro de Gilles  Deleuze “Cine II, Los signos del movimiento y del tiempo”. Esta referencia al desdoblamiento del presente se encuentra especialmente en el capítulo XXXI.

Entonces hay dos articulaciones: una de ellas es la que efectuamos en la lectura de lo que ha quedado, la que une las partes, la que hace que la cosa avance para nosotros y para los otros. Sobre esta primera articulación se puede hablar, discutir, acordar y disentir hasta hallar la satisfacción que pone un punto a la progresión.

Pero hay una segunda articulación y es la que los fragmentos realizan ya no entre sí sino con ellos mismos, con distintos presentes que han sido a lo largo del trabajo e incluso más allá del mismo, en relación a los presentes/pasados de los cuales provienen y que el trabajo ha puesto a distancia, para evitar toda amenaza de representación.

Crear una secuencia entonces implica avanzar en la articulación de momentos que inexorablemente van hacia adelante desde una perspectiva cronológica, en relación a un tiempo exterior. Pero la tarea no concluye allí en la medida en que una segunda articulación, más sutil, no necesariamente accesible a la voluntad se produce, uniendo en un momento, todos los otros momentos que ese momento ha sido.

Allí comienza a tener espacio el tiempo.
Por sí mismo, indómito, inconmensurable.
Indiferente por completo a la arrogancia de la que se jactan los relojes.
Y sus pretenciosos usuarios.

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