miércoles, 17 de febrero de 2010

El trabajo de los peces
Una reflexión sobre el trabajo que acabamos de iniciar en el Seminario “Palabras planas, palabras plenas.”

Febrero 2010

Partimos lo más vacíos que podemos.
No tenemos personajes ni textos ni situaciones.
Apenas un tema cada uno, el nombre de la intención de hablar de algo que ni siquiera es muy preciso en el comienzo.
El tema es en todo caso un recorte, la manera personal de reconocer que no se puede hablar de todo y que al mismo tiempo hay que empezar por algo.
Un tema entonces, como el disparador de un discurso, de una articulación propia de palabras que va a generar efectos de sentido diversos. Palabras y nada más que palabras, cuya pertinencia estará en referencia al tema elegido (aunque con esto nunca se sabe y el que eligió hablar de árboles puede terminar hablando de cocodrilos con la misma autoridad y elocuencia. Ha sucedido).
Es oportuno entonces, volver a recordar que partimos vacíos cuando pasamos de la palabra dicha a la que se escribe. Porque es oportuno asimismo tratar de permanecer vacíos en ese ámbito también.
¿Qué significa vacío? No identificarse con las palabras. Dejar que permanezcan flotantes. Esperar su movimiento propio. Dejarlas estacionar. Aguardar a que maduren.
Porque aunque es inevitable llenar los silencios y las páginas en blanco ya que ésas son tareas implicadas en nuestro trabajo, hay que recordar que no tenemos personajes ni textos ni situaciones. No tenemos nada. Apenas una intención. Y hasta de ella es conveniente desconfiar.
Hay que aguardar como el pescador a que el pez de oro se destaque de entre la multitud de peces que conforman el cardumen. Pero a diferencia de aquel hay que recordar que nosotros estamos sentados a la vera del río del lenguaje sin contar con una red. ¡Nosotros no tenemos peces ni red para pescarlos!
Peter Brook habla de peces y pescadores para hablar de teatro. Lo hace en su libro La Puerta Abierta. Allí dice que

“Seguiremos mejor este razonamiento si pensamos en un pescador tejiendo una red. Mientras el pescador trabaja, esmero e intención están presentes en cada movimiento veloz de sus dedos. Entrelaza el hilo, hace los nudos y rodea el vacío con figuras cuyas formas exactas corresponden a funciones exactas. Luego arroja la red al agua, donde se arrastra de un lado al otro, con la marea o contra la marea, de muchas formas complejas. Cae un pez en la red, un pez incomestible o un pez corriente para la mesa, quizá un pez multicolor, o un pez raro, o uno venenoso o, en momentos de gracia, un pez dorado.
Sin embargo, existe una sutil distinción entre el teatro y la pesca, que debe ser subrayada. En el caso de una red bien hecha, es cuestión de suerte que el pescador atrape un buen pez o uno malo. En el teatro, los que hacen los nudos son también responsables de la calidad del momento que acaben atrapando en sus redes. Es asombroso: ¡la acción del “pescador” que hace los nudos influye en la calidad del pez que acaba en su red!” (pag. 100/101)

A Brook, la analogía le sirve para acentuar la importancia de la tarea del actor durante el proceso creativo como condición de los resultados artísticos que dicho proceso le va a permitir alcanzar. De algún modo el resultado muestra lo que ha sido el proceso.
Pero nosotros vamos a dar un paso más.
En nuestro trabajo vamos a decir que son los propios peces los que tejen la red, mientras nosotros aguardamos, con mayor o menor filosofía, que culminen su tarea. Frente a semejante ideal, estarán los que desesperados, se arrojen a capturar el pez dorado con sus propias manos o sus dientes. O los que, a la inversa, se queden dormidos o mueran de hambre esperando que la red quede felizmente anudada.
Propongo que intentemos ubicarnos en algún lugar entre estas dos posturas extremas, con la confianza de que tarde o temprano los peces terminan la red. Y la red trae los peces.