El corazón de la subjetividad
Por J. A. Miller en Extimidad, pag.130
"El fantasma es incluso el corazón de la subjetividad, su nudo. Se trataría, después de todo, menos de reconocer a los otros como seres razonables que como seres que fantasean. Debemos actuar de modo que el fantasma no establezca la soledad del sujeto sino, si me permiten, una nueva intersubjetividad."
miércoles, 7 de julio de 2010
viernes, 30 de abril de 2010
Reírse del yo
Abril de 2010
Habitualmente, en nuestra vida cotidiana utilizamos las palabras para comunicarnos. Organizadas en torno a una intención de decir, éstas se van articulando al punto tal que nos permiten sostener la ilusión de que lo que queremos decir es efectivamente entendido por el que escucha, sin pérdida ni modificación del sentido.
El yo es el sujeto de esta intención de decir y el uso que hace del lenguaje lo lleva a identificarse con las palabras que enuncia. No hay distancia entre lo que el yo dice y lo que es y por lo tanto al hablar se reconoce a sí mismo en sus dichos. O sea: el yo está siempre en busca del reconocimiento y se vale del lenguaje para procurárselo. La relación que el yo tiene con el lenguaje es entonces de identificación.
Como si el “entrelíneas” de cada frase enunciada fuera: “el que habla soy yo, me reconozco en esto que digo más allá de lo que digo, reconocéme vos, soy yo”.
En tanto “yoes constituidos”, todos nosotros hacemos a diario la experiencia de buscar que nuestras palabras digan lo que efectivamente queremos decir. Con ese objetivo las manejamos y en esa operación quedamos identificados a ellas. La ilusión que sostiene esta voluntad es la de que los significados permanecerán fijos e inmutables más allá de los intercambios y los malentendidos. Y así nuestra identidad quedará preservada.
Estamos en la dimensión comunicativa del lenguaje, donde el yo tiene su sede, donde la gente cree que se entiende entre sí y construye la realidad en base a esos supuestos entendimientos.
La propuesta del seminario “Palabras planas, palabras plenas” es abrir un vínculo con el lenguaje que no esté mediatizado por el yo, al menos en una primera instancia o como única medida.
Esto significa permitir, por medio de distintos ejercicios, que las palabras que han surgido de un actor en la improvisación y fueron registradas por sus compañeros vayan deshaciéndose del lastre del origen del que provienen, perdiendo así su identificación tanto con el emisor como con las condiciones en las que fueron emitidas.
A través de nuevas articulaciones, las palabras dichas en un contexto cobran nuevas significaciones por el solo hecho de volverlas a decir en un contexto diferente. Las palabras que se registran en el cuaderno son las huellas que quedan luego de que la voluntad particular del actor ha intentado decir algo. Pero esas huellas, ya liberadas de su identificación a la narración original, comienzan a querer decir otra cosa en la medida en que producimos nuevas articulaciones con ellas, en las escenas y las situaciones teatrales que vamos creando.
Poniendo en claro: en este seminario lo que cuenta son las palabras y cómo las usa cada uno, más allá de lo que dichas palabras intenten comunicar en un ejercicio de improvisación. Importan las palabras en sí mismas, más allá de la significación original contenida en el relato que las hizo surgir.
Cuando en la etapa siguiente del trabajo, el actor que había ofrecido sus palabras escucha que éstas forman parte de una nueva escena creada por otros -¡o incluso por sí mismo!- hace la experiencia de la desidentificación con respecto a ellas. ¡Es que son las mismas y sin embargo suenan tan distinto!
Pero aún se puede escuchar algo más: el sonido de una risa fresca y espontánea, que celebra el desconcierto del yo, siempre tan aferrado a su ilusión de control.
Abril de 2010
Habitualmente, en nuestra vida cotidiana utilizamos las palabras para comunicarnos. Organizadas en torno a una intención de decir, éstas se van articulando al punto tal que nos permiten sostener la ilusión de que lo que queremos decir es efectivamente entendido por el que escucha, sin pérdida ni modificación del sentido.
El yo es el sujeto de esta intención de decir y el uso que hace del lenguaje lo lleva a identificarse con las palabras que enuncia. No hay distancia entre lo que el yo dice y lo que es y por lo tanto al hablar se reconoce a sí mismo en sus dichos. O sea: el yo está siempre en busca del reconocimiento y se vale del lenguaje para procurárselo. La relación que el yo tiene con el lenguaje es entonces de identificación.
Como si el “entrelíneas” de cada frase enunciada fuera: “el que habla soy yo, me reconozco en esto que digo más allá de lo que digo, reconocéme vos, soy yo”.
En tanto “yoes constituidos”, todos nosotros hacemos a diario la experiencia de buscar que nuestras palabras digan lo que efectivamente queremos decir. Con ese objetivo las manejamos y en esa operación quedamos identificados a ellas. La ilusión que sostiene esta voluntad es la de que los significados permanecerán fijos e inmutables más allá de los intercambios y los malentendidos. Y así nuestra identidad quedará preservada.
Estamos en la dimensión comunicativa del lenguaje, donde el yo tiene su sede, donde la gente cree que se entiende entre sí y construye la realidad en base a esos supuestos entendimientos.
La propuesta del seminario “Palabras planas, palabras plenas” es abrir un vínculo con el lenguaje que no esté mediatizado por el yo, al menos en una primera instancia o como única medida.
Esto significa permitir, por medio de distintos ejercicios, que las palabras que han surgido de un actor en la improvisación y fueron registradas por sus compañeros vayan deshaciéndose del lastre del origen del que provienen, perdiendo así su identificación tanto con el emisor como con las condiciones en las que fueron emitidas.
A través de nuevas articulaciones, las palabras dichas en un contexto cobran nuevas significaciones por el solo hecho de volverlas a decir en un contexto diferente. Las palabras que se registran en el cuaderno son las huellas que quedan luego de que la voluntad particular del actor ha intentado decir algo. Pero esas huellas, ya liberadas de su identificación a la narración original, comienzan a querer decir otra cosa en la medida en que producimos nuevas articulaciones con ellas, en las escenas y las situaciones teatrales que vamos creando.
Poniendo en claro: en este seminario lo que cuenta son las palabras y cómo las usa cada uno, más allá de lo que dichas palabras intenten comunicar en un ejercicio de improvisación. Importan las palabras en sí mismas, más allá de la significación original contenida en el relato que las hizo surgir.
Cuando en la etapa siguiente del trabajo, el actor que había ofrecido sus palabras escucha que éstas forman parte de una nueva escena creada por otros -¡o incluso por sí mismo!- hace la experiencia de la desidentificación con respecto a ellas. ¡Es que son las mismas y sin embargo suenan tan distinto!
Pero aún se puede escuchar algo más: el sonido de una risa fresca y espontánea, que celebra el desconcierto del yo, siempre tan aferrado a su ilusión de control.
jueves, 18 de marzo de 2010
Tres cuestiones
Marzo 2010
A la hora de trabajar con los actores, con sus palabras, tengo presentes tres cuestiones que me orientan en la investigación.
Primero, no todo se puede decir. Esto remite al hecho de que el lenguaje tiene sus límites, hay un más allá de las palabras que el silencio encarna. Cuando hablamos, el silencio representa el agujero que el lenguaje bordea.
Segundo, hay palabras que se imponen más allá de la voluntad de decir. En otros términos, hay un momento, algún pequeño momento en la improvisación que realiza el actor donde en lugar de hablar es hablado por el lenguaje. Es la irrupción de lo inesperado que sorprende bajo la forma de una palabra plena, agrietando lo que supuestamente corresponde decir.
Finalmente, el sentido como efecto y no como punto de partida. Esto implica que durante el proceso creativo se suceden los fragmentos de texto y de acción, superponiéndose, contradiciéndose, complementándose. Y que en la articulación de esos fragmentos (lo que implica una elección donde algunos de ellos se sostienen y otros se dejan caer) surgirá el efecto de sentido. De lo que estamos hablando se sabe al final y no al principio, más allá de lo que la voluntad declame, en su típica pretensión.
Marzo 2010
A la hora de trabajar con los actores, con sus palabras, tengo presentes tres cuestiones que me orientan en la investigación.
Primero, no todo se puede decir. Esto remite al hecho de que el lenguaje tiene sus límites, hay un más allá de las palabras que el silencio encarna. Cuando hablamos, el silencio representa el agujero que el lenguaje bordea.
Segundo, hay palabras que se imponen más allá de la voluntad de decir. En otros términos, hay un momento, algún pequeño momento en la improvisación que realiza el actor donde en lugar de hablar es hablado por el lenguaje. Es la irrupción de lo inesperado que sorprende bajo la forma de una palabra plena, agrietando lo que supuestamente corresponde decir.
Finalmente, el sentido como efecto y no como punto de partida. Esto implica que durante el proceso creativo se suceden los fragmentos de texto y de acción, superponiéndose, contradiciéndose, complementándose. Y que en la articulación de esos fragmentos (lo que implica una elección donde algunos de ellos se sostienen y otros se dejan caer) surgirá el efecto de sentido. De lo que estamos hablando se sabe al final y no al principio, más allá de lo que la voluntad declame, en su típica pretensión.
jueves, 4 de marzo de 2010
Explicación falsa de mis cuentos
Por Felisberto Hernández
Verónica Dragui es una actriz que participa de mi seminario "Palabras planas, palabras plenas". En relación a lo que venimos trabajando allí, nos envió el siguiente texto de Felisberto Hernández: "Explicación falsa de mis cuentos".
"Obligado o traicionado por mí mismo a decir cómo hago mis cuentos, recurriré a explicaciones exteriores a ellos. No son completamente naturales, en el sentido de no intervenir la conciencia. Eso me sería antipático. No son dominados por una teoría de la conciencia. Eso me sería extremadamente antipático. Preferiría decir que esta intervención es misteriosa. Mis cuentos no tienen estructuras lógicas. A pesar de la vigilancia constante y rigurosa de la conciencia, ésta también me es desconocida. En un momento dado pienso que en un rincón de mí nacerá una planta. La empiezo a acechar creyendo que en ese rincón se ha producido algo raro, pero que podría tener porvenir artístico. Sería feliz si esta idea no fracasara del todo. Sin embargo, desbo esperar un tiempo ignorado: no sé cómo hacer germinar la planta, ni cómo favorecer ni cuidar su crecimiento: sólo presiento o deseo que tenga hojas de poesía; ó algo que se transforme en poesía si la miran ciertos ojos.
Debo cuidar que no ocupe mucho espacio, que no pretenda ser bella o intensa, sino que sea la planta que ella misma esté destinada a ser, y ayudarla a que lo sea. Al mismo tiempo ella crecerá de acuerdo a un contemplador al que no hará mucho caso si él quiere sugerirle demasiadas intenciones o grandezas.
Si es una planta dueña de sí misma tendrá una poesía natural desconocida por ella misma. Ella debe ser como una persona que vivirá no sabe cuánto, con necesidades propias, con un orgullo discreto, un poco torpe y que parezca improvisado.
Ella misma no conocerá sus leyes, aunque profundamente las tenga y la conciencia no las alcance. No sabrá el grado y la manera en que la conciencia intervendrá, pero en última instancia impondrá su voluntad. Y enseñará a la conciencia a ser desinteresada.
Lo más seguro de todo es que yo no sé cómo hago mis cuentos, porque cada uno de ellos tiene su vida extraña y propia. `Pero también sé que viven peleando con la conciencia para evitar los extranjeros que ella les recomienda."
Por Felisberto Hernández
Verónica Dragui es una actriz que participa de mi seminario "Palabras planas, palabras plenas". En relación a lo que venimos trabajando allí, nos envió el siguiente texto de Felisberto Hernández: "Explicación falsa de mis cuentos".
"Obligado o traicionado por mí mismo a decir cómo hago mis cuentos, recurriré a explicaciones exteriores a ellos. No son completamente naturales, en el sentido de no intervenir la conciencia. Eso me sería antipático. No son dominados por una teoría de la conciencia. Eso me sería extremadamente antipático. Preferiría decir que esta intervención es misteriosa. Mis cuentos no tienen estructuras lógicas. A pesar de la vigilancia constante y rigurosa de la conciencia, ésta también me es desconocida. En un momento dado pienso que en un rincón de mí nacerá una planta. La empiezo a acechar creyendo que en ese rincón se ha producido algo raro, pero que podría tener porvenir artístico. Sería feliz si esta idea no fracasara del todo. Sin embargo, desbo esperar un tiempo ignorado: no sé cómo hacer germinar la planta, ni cómo favorecer ni cuidar su crecimiento: sólo presiento o deseo que tenga hojas de poesía; ó algo que se transforme en poesía si la miran ciertos ojos.
Debo cuidar que no ocupe mucho espacio, que no pretenda ser bella o intensa, sino que sea la planta que ella misma esté destinada a ser, y ayudarla a que lo sea. Al mismo tiempo ella crecerá de acuerdo a un contemplador al que no hará mucho caso si él quiere sugerirle demasiadas intenciones o grandezas.
Si es una planta dueña de sí misma tendrá una poesía natural desconocida por ella misma. Ella debe ser como una persona que vivirá no sabe cuánto, con necesidades propias, con un orgullo discreto, un poco torpe y que parezca improvisado.
Ella misma no conocerá sus leyes, aunque profundamente las tenga y la conciencia no las alcance. No sabrá el grado y la manera en que la conciencia intervendrá, pero en última instancia impondrá su voluntad. Y enseñará a la conciencia a ser desinteresada.
Lo más seguro de todo es que yo no sé cómo hago mis cuentos, porque cada uno de ellos tiene su vida extraña y propia. `Pero también sé que viven peleando con la conciencia para evitar los extranjeros que ella les recomienda."
miércoles, 24 de febrero de 2010
A fines de marzo, auspiciado por el Instituto Nacional del Teatro (INT) voy a dar un seminario para directores de la Patagonia acerca de las cuestiones del oficio de dirigir teatro.
Esta es la propuesta:
La dirección es un asunto de lenguaje
Seminario destinado a directores de teatro que desean reflexionar sobre su práctica
Propósito del Seminario:
Esta propuesta enfoca el oficio del director desde la perspectiva del lenguaje.
Esto significa pensar la tarea como una producción de sentido a partir de la articulación de los diversos lenguajes que conforman la puesta en escena.
Preguntas orientadoras:
¿Cómo se produce el sentido?
La cuestión de la articulación significante.
¿Cuál es la relación entre sentido y sinsentido?
No es lo mismo hablar que ser hablado por el lenguaje.
¿Cuál es la relación entre sentido y singularidad?
Lo más propio está en lo inesperado.
¿Es la puesta en escena el momento donde el sentido se ausenta?
Cuando la obra ya no tiene nada para decir.
Lo que vamos a hacer:
La modalidad del Seminario será eminentemente práctica. Los participantes realizarán ejercicios de puesta en escena a partir de diferentes propuestas para facilitar la reflexión sobre la tarea del director como un productor de sentidos.
Encuadre del Seminario:
Lugar: Caleta Olivia, Santa Cruz
Carácter Intensivo.
3 jornadas: 26, 27 y 28 de Marzo de 2010
4 horas de duración cada una.
Esta es la propuesta:
La dirección es un asunto de lenguaje
Seminario destinado a directores de teatro que desean reflexionar sobre su práctica
Propósito del Seminario:
Esta propuesta enfoca el oficio del director desde la perspectiva del lenguaje.
Esto significa pensar la tarea como una producción de sentido a partir de la articulación de los diversos lenguajes que conforman la puesta en escena.
Preguntas orientadoras:
¿Cómo se produce el sentido?
La cuestión de la articulación significante.
¿Cuál es la relación entre sentido y sinsentido?
No es lo mismo hablar que ser hablado por el lenguaje.
¿Cuál es la relación entre sentido y singularidad?
Lo más propio está en lo inesperado.
¿Es la puesta en escena el momento donde el sentido se ausenta?
Cuando la obra ya no tiene nada para decir.
Lo que vamos a hacer:
La modalidad del Seminario será eminentemente práctica. Los participantes realizarán ejercicios de puesta en escena a partir de diferentes propuestas para facilitar la reflexión sobre la tarea del director como un productor de sentidos.
Encuadre del Seminario:
Lugar: Caleta Olivia, Santa Cruz
Carácter Intensivo.
3 jornadas: 26, 27 y 28 de Marzo de 2010
4 horas de duración cada una.
miércoles, 17 de febrero de 2010
El trabajo de los peces
Una reflexión sobre el trabajo que acabamos de iniciar en el Seminario “Palabras planas, palabras plenas.”
Febrero 2010
Partimos lo más vacíos que podemos.
No tenemos personajes ni textos ni situaciones.
Apenas un tema cada uno, el nombre de la intención de hablar de algo que ni siquiera es muy preciso en el comienzo.
El tema es en todo caso un recorte, la manera personal de reconocer que no se puede hablar de todo y que al mismo tiempo hay que empezar por algo.
Un tema entonces, como el disparador de un discurso, de una articulación propia de palabras que va a generar efectos de sentido diversos. Palabras y nada más que palabras, cuya pertinencia estará en referencia al tema elegido (aunque con esto nunca se sabe y el que eligió hablar de árboles puede terminar hablando de cocodrilos con la misma autoridad y elocuencia. Ha sucedido).
Es oportuno entonces, volver a recordar que partimos vacíos cuando pasamos de la palabra dicha a la que se escribe. Porque es oportuno asimismo tratar de permanecer vacíos en ese ámbito también.
¿Qué significa vacío? No identificarse con las palabras. Dejar que permanezcan flotantes. Esperar su movimiento propio. Dejarlas estacionar. Aguardar a que maduren.
Porque aunque es inevitable llenar los silencios y las páginas en blanco ya que ésas son tareas implicadas en nuestro trabajo, hay que recordar que no tenemos personajes ni textos ni situaciones. No tenemos nada. Apenas una intención. Y hasta de ella es conveniente desconfiar.
Hay que aguardar como el pescador a que el pez de oro se destaque de entre la multitud de peces que conforman el cardumen. Pero a diferencia de aquel hay que recordar que nosotros estamos sentados a la vera del río del lenguaje sin contar con una red. ¡Nosotros no tenemos peces ni red para pescarlos!
Peter Brook habla de peces y pescadores para hablar de teatro. Lo hace en su libro La Puerta Abierta. Allí dice que
Una reflexión sobre el trabajo que acabamos de iniciar en el Seminario “Palabras planas, palabras plenas.”
Febrero 2010
Partimos lo más vacíos que podemos.
No tenemos personajes ni textos ni situaciones.
Apenas un tema cada uno, el nombre de la intención de hablar de algo que ni siquiera es muy preciso en el comienzo.
El tema es en todo caso un recorte, la manera personal de reconocer que no se puede hablar de todo y que al mismo tiempo hay que empezar por algo.
Un tema entonces, como el disparador de un discurso, de una articulación propia de palabras que va a generar efectos de sentido diversos. Palabras y nada más que palabras, cuya pertinencia estará en referencia al tema elegido (aunque con esto nunca se sabe y el que eligió hablar de árboles puede terminar hablando de cocodrilos con la misma autoridad y elocuencia. Ha sucedido).
Es oportuno entonces, volver a recordar que partimos vacíos cuando pasamos de la palabra dicha a la que se escribe. Porque es oportuno asimismo tratar de permanecer vacíos en ese ámbito también.
¿Qué significa vacío? No identificarse con las palabras. Dejar que permanezcan flotantes. Esperar su movimiento propio. Dejarlas estacionar. Aguardar a que maduren.
Porque aunque es inevitable llenar los silencios y las páginas en blanco ya que ésas son tareas implicadas en nuestro trabajo, hay que recordar que no tenemos personajes ni textos ni situaciones. No tenemos nada. Apenas una intención. Y hasta de ella es conveniente desconfiar.
Hay que aguardar como el pescador a que el pez de oro se destaque de entre la multitud de peces que conforman el cardumen. Pero a diferencia de aquel hay que recordar que nosotros estamos sentados a la vera del río del lenguaje sin contar con una red. ¡Nosotros no tenemos peces ni red para pescarlos!
Peter Brook habla de peces y pescadores para hablar de teatro. Lo hace en su libro La Puerta Abierta. Allí dice que
“Seguiremos mejor este razonamiento si pensamos en un pescador tejiendo una red. Mientras el pescador trabaja, esmero e intención están presentes en cada movimiento veloz de sus dedos. Entrelaza el hilo, hace los nudos y rodea el vacío con figuras cuyas formas exactas corresponden a funciones exactas. Luego arroja la red al agua, donde se arrastra de un lado al otro, con la marea o contra la marea, de muchas formas complejas. Cae un pez en la red, un pez incomestible o un pez corriente para la mesa, quizá un pez multicolor, o un pez raro, o uno venenoso o, en momentos de gracia, un pez dorado.
Sin embargo, existe una sutil distinción entre el teatro y la pesca, que debe ser subrayada. En el caso de una red bien hecha, es cuestión de suerte que el pescador atrape un buen pez o uno malo. En el teatro, los que hacen los nudos son también responsables de la calidad del momento que acaben atrapando en sus redes. Es asombroso: ¡la acción del “pescador” que hace los nudos influye en la calidad del pez que acaba en su red!” (pag. 100/101)
A Brook, la analogía le sirve para acentuar la importancia de la tarea del actor durante el proceso creativo como condición de los resultados artísticos que dicho proceso le va a permitir alcanzar. De algún modo el resultado muestra lo que ha sido el proceso.
Pero nosotros vamos a dar un paso más.
En nuestro trabajo vamos a decir que son los propios peces los que tejen la red, mientras nosotros aguardamos, con mayor o menor filosofía, que culminen su tarea. Frente a semejante ideal, estarán los que desesperados, se arrojen a capturar el pez dorado con sus propias manos o sus dientes. O los que, a la inversa, se queden dormidos o mueran de hambre esperando que la red quede felizmente anudada.
Propongo que intentemos ubicarnos en algún lugar entre estas dos posturas extremas, con la confianza de que tarde o temprano los peces terminan la red. Y la red trae los peces.
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